Hermandad de María al pie de la Cruz

María al pie de la Cruz

 
1940
 
ENRIQUE CASTERÁ Y MASIÁ: (Alzira, Valencia, 1911 – Madrid, 1983). Cursó sus estudios en la escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia en 1928. Al año siguiente ganó su primer concurso en Castellón de la Plana, realizando unas placas conmemorativas del Marqués de Estella y en 1931 un concurso de carteles y monumento en Alzira. Fueron muy apreciadas sus tallas en madera.
 
 
En esta escultura encontramos el intento máximo del rigor histórico: La Virgen aparece representada alrededor de los cincuenta años (edad  que debía tener en el momento de la Pasión de Jesucristo), en un momento que le podríamos enmarcar después de la Piedad o después de colocar a Cristo en el sepulcro, que, como cuenta la tradición, volvió a los pies del Leño Santo en la que murió Jesús, siendo el primer acto de adoración de la cruz de la Humanidad.
 
La escultura de la Virgen tuerce su cabeza con una suave curvatura hacia el lado derecho iniciando un leve movimiento de torsión.  María, al pie de a Cruz, se encuentra en un estado devocional, imperturbable; cuya quietud sobrecoge de manera sobrenatural; aunque si nos paramos a la altura de la rodilla, nos da la impresión de que va a empezar a caminar.
 
Respecto a su ajuar nos asombra no encontrarnos con una vestimenta sin lutos ni ricos estofados. Esto esta lógicamente pensado; la Virgen no tenía preparada una túnica de luto el día del Santo Martirio. El rico bordado a la altura del pecho, es un detalle de este rigor histórico que, consigue crear un gran contraste con la tela fúnebre del manto. 
Aunque es cierto que lo que más le interesa al escultor es la figura humana, por ello, utiliza la técnica de paños mojados, que hace que el vestido se acople a las formas de la figura. La tela es fina y ligera, expresión de levedad, formando pliegues lineales, estilizados.
 
Si analizamos el rostro obtendremos la consecuencia de que, tras un intenso y duradero dolor, los músculos faciales se contraen y desaparece del rostro el rictus de profunda pena, para convertirse en un rostro inexpresivo, casi exangüe de palidez; por eso parece que María está ausente. La cabeza está inclinada hacia su derecha y la mirada perdida. Para acentuar la trágica escena que muestra la escultura se muestra la boca entreabierta.
 
El otro gran vehículo de la expresión son las manos. Los brazos los muestra extendidos a la par con su cuerpo en actitud de desfallecimiento y cansancio físico.
 
 
 
María acaba de ver morir a su Hijo en la Cruz, y lo acaba de tener en su regazo sintiendo el frío de su cuerpo; pero ahora tienen que enterrarlo deprisa que esta atardeciendo. Este momento ha sido muy intenso; se levanta del suelo aunque la emoción y el abatimiento hacen que no se tenga en pie y por eso necesite apoyarse en la Cruz.
 
Ella necesita reponerse. Mientras tanto, José de Arimatea, Nicodemo y Juan están levantando el cuerpo de Jesús para llevarlo al sepulcro. Ella mira hacia el cuerpo de su hijo y extiende los brazos como queriendo volver a abrazarlo pero sabiendo que ya no es posible. En su rostro aparece una expresión de dolor intenso, sin gritos ni aspavientos pero dejando caer una sola lágrima, la primera de todas las que le acompañarán en esa noche.
 
Pero hay un detalle de esta imagen, que en un momento tan triste y tan dramático solemos pasar por alto. Nos fijamos en la tristeza de su rostro, en sus manos que se paran sabiendo que ya no pueden abrazar a Jesús y no prestamos atención a sus pies. Al mirarlos vemos que el derecho está echado hacia delante y el izquierdo da la impresión de que va a echarse a andar de un momento a otro. María,al pie de la Cruz, en su soledad, no va a dejar que el dolor, por muy intenso que sea, la paralice, sino que va a seguir avanzando. Va a seguir luchando como luchó para sacar a su hijo adelante al quedarse viuda y le va a acompañar hasta el sepulcro.
 
Ella es la única que mantiene una esperanza en esta situación, pues le ha seguido desde el principio, ha creído en Él y sabe que el crujir de una losa con el que se cierran tantas vidas humanas, no va a ser definitivo en Jesús. Cuando todos los dolores que no entendemos en esta vida, cobran sentido desde esa luz tan intensa. Por esta razón, este pie que echa a andar detrás de Jesús cuando todo parece inútil, es el que hace que tanta gente, aún sin saber muy bien por qué.
 
Muchos la miran mientras van con ella como queriendo decirle que a veces no entienden a Jesús, pero que su dolor de Madre les es muy cercano y les ayuda a soportar las dificultades que encuentran en la vida. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Imágenes cedidas por: Pilar C. Amorós, Raquel Valero, Rubén Bonmatí y Raúl Pérez

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